La química en la nómina y en la cabeza
¿Por qué los jesuitas enseñan química?, se preguntó Enric Julià este año en el que la institución que dirige, el Institut Químic de Sarrià, celebra su centenario. Y le explicaron que “a principios del siglo XX, en pleno auge de las teorías de Darwin, los jesuitas querían demostrar que la ciencia no iba contra la fe, sino en paralelo”. Ahora ya no es la fe lo que guía las investigaciones, sino lo que de verdad motiva es la economía. “Nuestro modelo de referencia es el Massachussets Institute of Technology (MIT), porque es un centro que aúna la experiencia técnica y la empresarial”, dice Julià, que desde hace 12 años es el director general del IQS. La relación entre universidad y empresa es prioritaria para toda institución que se precie, y lo es para el IQS, donde la transferencia de tecnología – la venta de investigación a las empresas – representa ya el 22% de sus ingresos. Este es un ámbito que Julià ha potenciado especialmente, porque lo conoce de cerca; es la tarea que le alejó del laboratorio. “Después de veinticinco años trabajando en Hispano Química y Lucta quise cambiar, busqué otras cosas y en la universidad empecé a hacer contratos y servicios para empresas. En 1991 entró en el IQS como responsable de los servicios técnicos, y desde 1994 es el director general de este centro adscrito a la Universidad Ramón Llull.
Se le considera una persona práctica y que no quiere perder el contacto con los alumnos, por eso sigue impartiendo algunas clases de Gestión de la Innovación en su facultad de Economía: “Les explico a los alumnos que la innovación no es una caja donde una empresa pone dinero y le salen ideas. Les digo que no se queden sólo en la parte de marketing y comercial, que en el proceso de innovación deben participar todos, no sólo los técnicos”.
“Julià tiene todo el IQS en la cabeza. Gestiona muchas cosas de manera directa, y también tiene un muy buen equipo de gente”, explica un colaborador universitario que destaca que Julià es un “señor serio, estricto y trabajador, de ir al grano”. La química es su profesión, pero también es la protagonista de una de sus aficiones: “Tengo una colección de 5000 sellos relacionados con el mundo de la química: premios Nobel, formulaciones, congresos,...”.
Antes de trabajar en el IQS, Enric Julià ya había estudiado allí: se licenció en ingeniería química en 1966, y obtuvo el doctorado en 1974. Nacido en Barcelona hace justo 63 años, hijo de un empleado de banca, explica: “Fui buen estudiante, mis padres querían que estudiara una carrera, y yo elegí químicas porque tuve buenos profesores de química”. De sus tres hijos, una sigue sus pasos en química, y los otros dos optaron por administración de empresas y veterinaria.
Su currículo explica que su trayectoria profesional se ha desarrollado en el terreno de la I+D. Durante sus años en Hispano Química (donde trabajó entre 1966 y 1979) aprovechó las instalaciones de la empresa para realizar su tesis doctoral: “es difícil hacer dos cosas a la vez, sobre todo en el terreno experimental. Además, yo ya tenía dos hijos. Algunos fines de semana me quedaba en la empresa para hacer la tesis, porque había un equipamiento que no tenía la universidad”. En 1980 pasó a Lucta como director técnico, y “dejé ya los tubo de ensayo para llevar más temas de gestión: es lo que tiene la promoción, vas haciéndolo bien y te forman en la carrera de dirigente tecnológico”.
Julià prefiere hablar del sector o de la institución antes que de su carrera o de su persona. La preocupa que la industria tenga mala percepción en la sociedad: “Se considera que saca humo y contamina. Pero todo a nuestro alrededor es química”, y por eso prevé poco futuro para las empresas que no se adapten y no dejen de ser desagradables en el entorno. Históricamente, la mitad de la industria química en España se ha situado en Calalunya. “La mitad del mérito es de nuestro IQS, porque las empresas se instalan donde hay infraestructura”.
El MIT es su meta, y por eso “he viajado más de 15 veces a Boston en los últimos diez años”. Durante el último curso ha llegado a un acuerdo de colaboración para que los alumnos del MIT “puedan venir a hacer estancias” a través de las empresas de la Fundación IQS. “A mí me gustaría que el Institut Químic de Sarrià fuera como el Massachussets Institute of Technology para los estudiantes de Latinoamérica”, dice. Y aunque la economía manda, el IQS no se olvida de los principios de la Compañía de Jesús: “Formamos a gente técnicamente y también como personas: las empresas aprecian que la gente que sale de nuestra casa tiene buenos conocimientos y son personas bien formadas y trabajadoras”.
Guarda buen recuerdo de la época de laboratorio: “Me gustaba, aún lo sabría hacer”, y dice que tiene “muchas aficiones, me gusta el deporte”. Incluso durante quince años fue el director de la Unió Esportiva d’Horta responsable de hockey patines, la sección en la que jugaba su hijo.
